Pío Baroja: Las noches del buen Retiro
Las buenas sensaciones que me ha producido Mi idolatrado hijo Sisí, me han hecho apostar por la relectura de los libros de mi adolescencia. Me refiero a los que dejaron cierta huella (en general, negativa).
Pío Baroja es uno de los grandes nombres de nuestra Literatura. Son muchos los que critican su estilo, empezando por Ortega y Gasset. Pero si sigue siendo un referente de nuestra Historia de la Literatura es precisamente por ese estilo impresionista, deslavazado, más de un hombre de acción que de contemplación.
Cuando lees uno de sus libros, pasan casi sin darte cuenta. Aunque produzcan cierta desorientación, los acontecimientos te van llevando de la mano a través de cortos capítulos, prácticamente estampas o escenas. Son unos cuantos los libros suyos que he reseñado (Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, Camino de perfección (pasión mística), La busca, Mala hierba, Aurora roja, Paradox rey, Zalacaín el aventurero y El árbol de la ciencia). Casi todas están agrupadas en trilogías, aunque, en algún caso cuyos tres libros me he leído, no es fácil entender qué hay de común en ellos. Los libros anteriores datan de la primera docena de años del siglo XX. El que reseño aquí es de 1934 (aunque fechado en 1933) y es el primero de la trilogía La juventud perdida.
Me desconcierta que este Las noches del buen Retiro dejara en mi recuerdo la sensación de pesadez y aburrimiento. Y esto me lleva a pensar que un buen motivo para releer es conocer quienes fuimos. Aunque no hubiera pasado de los 20 años, aquel joven que fui, como me imagino todos con esa edad, todavía no estaba preparado para novelas que hablaban de la vida de los adultos. Tampoco creo que me pudiera reconocer en nada en esa tribu de jóvenes que deambulan por el Retiro madrileño a quienes Baroja retrata con presteza. Justo ayer hablaba con mi hijo (más) adolescente sobre el abismo que existe entre ellos (los adolescentes) y nosotros (los adultos). Me decía que es imposible que le entienda porque no sé nada de su mundo y, además, cada vez que intento hablarle de algo (serio) desde mi experiencia, es absolutamente inútil. Mi experiencia no le sirve de nada y de la suya yo no sé nada…
Saco a colación este comentario suyo (oportuno), porque quizás no tenga ninguna lógica comparar mis recuerdos de mis viejas lecturas, con las sensaciones actuales. Constato que son diferentes; muy diferentes.
Esta novela de Baroja empieza con cierto toque fantasioso y original que no recuerdo que aparezca en novelas anteriores. Comienza el autor, como narrador (más o menos se entiende que es el propio Baroja), diciendo que un día llega una mujer con un manuscrito para que lo lea y lo publique. El tiempo pasa y aparece el supuesto “verdadero” autor, Fantasio… Y, bueno, al final, leemos el manuscrito…
Aunque el personaje principal es Jaime Thierry, este no aparece hasta el Capítulo XI, todos son bastantes cortos. Hasta ese momento, Baroja nos ha hecho pensar que el personaje principal iba a ser otro, Emilio Aguilera. Algún que otro crítico nos dice: esta novela va mucho más allá y se convierte en un retrato personal de la sociedad del momento, sociedad caracterizada por la bohemia y la apariencia, por personajes atormentados, contrapuestos y extravagantes, donde la diferencia entre ricos y pobres estaba muy marcada, y donde el nivel cultural distaba mucho de ser relevante. Un lugar destacado en la novela lo ocupan las tertulias, que se dedicaban sobre todo a favorecer la murmuración y la insidia. Y en medio de todo esto, al hilo del relato, aparecen referencias, no muchas, a la cultura del momento y en particular al mundo clásico. (Elementos clásicos en Las noches del Buen Retiro de Pío Baroja).
Puestos a opinar, a mi me ha recordado al ir contando la historia
pasando de unos personajes a otros, a ese deambular de Martín Marco de La colmena,
y me atrevo a decir que también influyó en algo en la redacción de La noria
y en Las
últimas horas. Todas ellas, por
supuesto, están centradas en un tiempo posterior y distinto. Baroja fue
incapaz de romper la estructura tradicional de la novela prescindiendo del
personaje principal, pero toda la primera parte, hasta que Jaime se
convierte en el centro de la novela, puede haber sido inspiración directa de
esos jóvenes autores que despuntan en la postguerra española.



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