Gabriel Miró: Años y leguas
ESTE LIBRO SE ACABÓ
DE IMPRIMIR EL DÍA
VEINTICUATRO DE NO-
VIEMBRE DE MIL NO-
VECIENTOS SESENTA Y
NUEVE EN LOS TALLE-
RES GRÁFICOS DE EOS-
GRAF, S. A., DOLORES,
NUEVE.
Seis meses y diez días tenía yo.
Cuando empecé el otro día a leer Años y leguas, la última novela de Miró, se resquebrajó su lomo. Y, cómo iba a ser de otra forma, pensé en la vejez; en mí edad. Tomé el film transparente, fue lo único que se me ocurrió podría ser efectivo, y forré el libro. ¿Con qué nos podemos forrar nosotros?, pensé.
Tras Superrealismo, de 1929, en la que hay un capítulo dedicado a Gabriel Miró, me dije que también tendría que volver al alicantino. Y, por proximidad en el tiempo, me decidí por Años y leguas, 1928.
Es este libro uno de los que más elogios tiene en los manuales literarios que hablan de Miró. Puede que sea porque, a medida que vas llegando al final, te da la sensación de que es una novela que pretende “emular”, a la española, la encomiable En busca del tiempo perdido de Proust. Mas bien, debería decir, hablar de esa visión del pasado como un retrato de uno mismo: Años y leguas. Eso es lo que vemos cuando echamos la vista atrás o, son lo que nos separa del pasado.
No me he podido hacer con los volúmenes de La novela lírica española, de Darío Villanueva. El que fue durante unos años director de la Real Academia Española, es el coordinador de estos dos volúmenes. Y cabe destacar que se dedica el primer volumen a Azorín y a Gabriel Miró y el segundo a Pérez de Ayala y Benjamín Jarnés. Digo esto porque no sabría yo definir con claridad qué se entiende por novela lírica española. A mi juicio, absolutamente personal, nos encontramos con textos en los que se contempla el paisaje y las gentes. La diferencia con la novela “no lirica”, es que en esta última los paisajes y las gentes se describen. Contemplar supone usar un punto de vista personal con lo cual el narrador es subjetivo.
No obstante, el adjetivo lírico está tan vinculado a la poesía, que puede llevar a equívoco cuando se lee a Gabriel Miró. Ya me pasó con Del vivir (1904), La novela de mi amigo (1908) o Nuestro Padre San Daniel (1921), entremezclar o asimilar a Azorín con Miró, a Miró con Azorín. Y quiero repetirme por lo importante que es leerlos y diferenciarlos. Porque la prosa de Miró no tiene ese carácter tan poético, o mayoritariamente poético, como tienen las novelas de Azorín. En Miró la crueldad surge espontáneamente. Como en la vida, cuando menos te lo esperas. Recordándote la barbarie que nos acompaña y que intentamos mantener a raya.
Años y leguas se puede considerar como el fin de las aventuras de Sigüenza, la principal creación de Miró que descubrimos en Del vivir. El heterónimo mironiano vuelve a recorrer las tierras que recorrió en Del vivir, veinte años atrás. Y se enfrenta al olvido y a la recuperación del pasado. A veces se encuentra en lugares o con gentes que le permiten recordar lo que Miró nos narró entonces. Lo que Sigüenza vivió entonces. Y, maravillosamente, sentimos como el personaje, el recuerdo que nos aflora y nos emocionamos al recordarlo. De esta manera la obra adquiere una dimensión nueva, original e interesante que, para poder disfrutarla plenamente, necesita también de la distancia temporal entre las lecturas.
No es fácil leer a Miró.



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