V. Aleixandre: Sombra del paraiso
En estos días en los que hace calor -pero más agradable que el que hemos sufrido durante agosto-, se está a gusto leyendo con las puertas abiertas, las que dan al norte, con el sonido monótono de las chicharras de fondo. Parece que estás solo en el mundo; hasta los problemas que nos acucian se han ido.
Aleixandre siempre me ha parecido incomprensible. Cuando murió -resulta increíble ahora-, escribí un poema en su honor y, lo más asombroso, lo envié a Las provincias a ver si lo publicaban. ¡¡Tenía yo 15 años!! El vetusto periódico me contestó muy amable que ellos no publicaban poesías (Naciste en la que eS villa...).
Premio Nobel como fue en 1977, cuando España empezaba a respirar de nuevo, al descubrir está impresionante edición de sus poesías completas no pude resistirme a comprarla, a pesar de mi sabida incompetencia. Por aquellos años del instituto, cuando murió Aleixandre, yo leía los libros de poesía que estaban en las colecciones que comprábamos, y quizás está allí el origen de mi poca afición posterior a la poesía. No obstante, durante la primera decena del XXI, volví a ella y en casa tengo un buen número de libros del género.
Sombra del paraíso data de 1944. Por eso lo he querido leer ahora, justo al acabar Hijos de la ira. ¡Y menudo contraste!
Sigo casi sin entender nada. Y, sin embargo, la lectura de estos poemas ha sido, en bastantes ocasiones, un bálsamo.
Aleixandre juega con el lector, pero como un gato que ha atrapado un pequeño insecto o un ratoncillo. Sin lugar a dudas no pretende decirte al oído su mensaje; quiere, me imagino, que te lo curres. Aunque empiece con una frase simple, (¿Cómo nació el amor? Fue ya en otoño), al momento las palabras culebrean, abandonan el significado inmediato y te ves perdido en un laberinto sin instrucciones para salir. Pero al acabar esos poemas -a veces muy largos, libres-, sientes cierta paz.
Los poemas de Sombra del paraíso se escribieron entre 1939 y 1943. Están agrupados en seis bloques numerados del I al VI. Además, incluye algunos al inicio (El poeta), intermedio (Mensaje) y final (No basta). Los de la última parte (VI) me han parecido más próximos al lector, menos exigentes. Puede que mi problema con Aleixandre sea el tiempo: no me imagino que el poeta haya escrito ninguno de estos versos de un tirón, a sopetón, y lo haya dejado listo para su lectura. Me lo imagino puliendo y puliendo cada palabra, cada frase, conformando los versos que finalmente le satisfacían. Y así, aquí estoy yo, ansioso por entender, buscando el significado inmediato, apresurado por ese afán: imposibilitado de su disfrute, abrumado por la ignorancia.


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