J. Saramago: La caverna
Yo no tengo casi amigos. Casi todos los he ido perdiendo con el tiempo. A estas alturas de la vida, a esta edad, puede que piensen que me refiero a que han muerto. Pero no. Aunque me consta que algunos ya murieron, yo ya los había perdido cuando lo hicieron.
El otro día, mientras veía la película The Way (2010)- estaba viendo esta película porque hace una semana, en un free tour por Santiago de Compostela la guía nos dijo que gracias a ella cada año vienen a hacer el Camino miles de peregrinos estadounidenses- durante una emotiva escena en la que sonaba una hermosa y algo olvidada canción de Morrissette, pasaron frente a mi vista algunos de los amigos que he perdido. Me invadieron unas ganas increíbles de reencontrarme con ellos, abrazarles y pedirles perdón por haber sido tan descuidado, tan egoísta, tan mal amigo, como para perderlos.
Como yo solo soy lo que soy, lo único que se me ha ocurrido, después también de leer La turbina, ha sido reencontrarme con un buen amigo mío. Aunque yo no pueda considerarme amigo suyo. Un buen amigo que conocí precisamente con esta obra suya que uno de los amigos que, por suerte, sigue vivo y seguimos siendo amigos, nos regaló a mi mujer y a mí cuando nos casamos.
La caverna es la primera novela de Saramago que leí (que leímos). Fue en 2001 y, como he dicho en alguna ocasión, me cambió la vida. Cierto que también ese año me casé, y eso tiene un efecto muy importante. Así que seguramente los cambios tuvieron causas varias. Saramago me llevó a Saramago, a leer uno tras otro sus libros. Pero también me llevó al Premio Nobel. A conocer los escritores y escritoras que obtuvieron este galardón. Sin embargo, lo realmente extraordinario que me produjo fue generar las ganas de escribir.
En 2006 acabé La urbanización. Obra que escribí con lentitud. Buscando la reflexión, leyendo, aprendiendo, sin prisa. En algo menos de un año acabé Hikikomori. En esta ocasión, con prisas, buscando adquirir oficio, con el inicio y el final claros desde el principio. Después dejé a medias El canon. La que iba a cerrar la trilogía (vendían los libros de Saramago agrupados de tres en tres, como si se trataran de trilogías). Quizás lo dejé a medias porque descubrí que lo único que estaba haciendo era copiar, imitar, La caverna. Después, durante unos años escribí narraciones y después el silencio. Aunque más adelante reuní los cuentos y acabé un librito de aventuras (y dejé también a medias Walter, mi tributo a Castilla), ahora solo soy un escritor atenazado, en espera...
Han pasado 25 años. Y, en esta ocasión, me encanta que el olvido me haya permitido disfrutar de nuevo plenamente esta novela. Volver a descubrir a Cipriano y a Marcial, a Marta y al perro Encontrado, a Isaura, el Centro, el pueblo alejado de la ciudad, los polígonos del cinturón industrial, las chabolas, el cinturón verde... De nuevo la lucha del alfarero y la alfarera, el mundo artesano condenado ante el absurdo mercado... De nuevo pasar las horas junto a ese narrador con quien quisieras sentarte una tarde, en una terraza de un bar en una playa olvidada por el turista, viendo el paisaje iluminado por la luz del sol vespertino, próximo al ocaso, y tomarte un café, o un refresco, o un licor o, sencillamente, charlar, y charlar.
25 años y casi vuelvo a sentir lo mismo. El afán por no abandonar la lectura. La pesadumbre porque las páginas que restan para acabar disminuyen… ¿Por qué casi? Ahora, en algunos momentos, Saramago me ha parecido, en ocasiones, pueril; ingenuo; utópico. Yo tenía entonces 32 años. ¿Tendré que aceptar aquello de: si a los 30 años no eres socialista, no tienes corazón; si a los 50 sigues siendo socialista, no tienes cabeza? Entonces, ¿también ha envejecido lo que nos cuenta Saramago? ¿O acaso me estoy leyendo a mí mismo y es aquel Salvador el que me resulta ahora utópico, ingenuo, pueril?
Ayer
fue 12 de agosto de 2026. Estuvimos en el Grau Vell algunos cientos de
personas (igual miles a lo largo de la costa hasta llegar a Puçol)
disfrutando del impresionante espectáculo del eclipse total. Algunos de pie, otros sentados en las hamacas
y sillas de playa mirando el Sol con nuestras gafas hasta que la Luna lo tapó
completamente y nos las quitamos y nos pusimos en pie y un soterrado grito de
admiración recorrió el entorno. Cuando se volvió a hacer la luz me senté y miré
el mar. Sabía que a mi espalda la Luna iba atravesando el Sol (de nuevo). Pero yo miraba
el mar y recordé esas palabras que aparecen casi al final de la novela: Éramos
nosotros.



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