Varios: Las 7 virtudes

 


Las siete virtudes se publicó en 1931. Lo compré por ser un libro de casi 100 años que aparentaba estar en muy buenas condiciones. Era, además, barato. Y lo sigue siendo, si uno lo quiere comprar. Me atrevo a decir que se debió de hacer una tirada considerable en Espasa-Calpe. Cuando lo tuve en mis manos comprobé que tenía algunas páginas por cortar. Aún así, el libro está en muy buenas condiciones. Entonces no era consciente del tesoro que acababa de comprar…

En la Antesala, Benjamín Jarnés nos comenta que el libro surge como “respuesta” , o inspirado, por la aparición en Francia del libro Les 7 pechés capitaux escrito en colaboración por un grupo de excelentes obreros: Jean Giraudoux, Paul Morand, Pierre Mac-Orlan, André Salmon, Max Jacob, Jacques de Lacretelle y Joseph Kessel.

Jarnés, como maestro de ceremonias, reúne en Las 7 virtudes a siete esclarecidas damas, aun de juvenil apariencia, aunque ya fueron amigas de Buda y de Zenón, y vencedoras en multitud de campeonatos contra los siete dragones más famosos en la historia ética del mundo. Presento a otros tantos servidores suyos ¿amantes?, ¿empresarios? -, a cuya solicitud fue encomendado por una casa editorial el vestir o desnudar -literariamente a estas honestas damas. He aquí a Valentín Andrés Álvarez, amigo de jugar con los muy locos y de estudiar con los muy cuerdos. Lo mismo escribe un Tararí que acabará de escribir ¿cuándo?- Los siglos de España. Como ve telarañas en el cielo, puede ver también la más ligera arruga en la honestidad de su predilecta dama. En todo caso es muy ducho en vestir a las abstracciones de paisano. He aquí a César M. Arconada, inventor de Greta Garbo, por quien la gran farsante -dominadora del hielo y de la llama en sus grandes trucos eróticos- pasea un espíritu prestado y multitraducido por el viejo у nuevo continente. Y a Antonio Botín Polanco, perseguidor incansable de esguinces psicológicos en parcelas del mundo donde sólo puede triunfar una preciosa -y costosa- anatomía. Y a José Díaz Fernández, que supo traerse del Rif el único blocao donde alguna vez pudo refugiarse el arte. He aquí -en primer término- al monstruo de cien pupilas por quien las cosas se abren las entrañas hasta la crueldad, hasta la revelación de su intestino más delgado y de su arteria más imperceptible: a Ramón Gómez de la Serna, cardenal por derecho propio en todo grande o pequeño cónclave literario. Tampoco podía aquí faltar Antonio Espina, el garboso cronista de Candelas, el poeta de la imagen en cualquier momento perfilada para matar al filisteo y al cuco... Y, en fin, aquí estoy yo; porque alguien tenía que completar la nómina.

Es decir, una representación impresionante de jóvenes autores de aquella época. De la Serna y Jarnés eran los mayores, ya cuarentones, mientras que Díaz Fernández y César Arconada eran los más jóvenes. Estos últimos son los que precisamente dirigirán sus pasos hacia la primera novela social. Pero aquí se nota que tienen una intención común de singularidad literaria formando parte del núcleo de los escritores de vanguardia vinculados a Ortega y Gasset y a la Revista de Occidente.

Desconozco quién tomó la decisión de repartir las virtudes. Finalmente nos encontramos con:

La Templanza: Valentín Andrés Álvarez

Valentín Andrés, Físico de formación, pero también Licenciado en Derecho y en Ciencias Económicas, apostó por un ensayo literario para hablar de la templanza. En él bucea por las diferentes formas que adquiere esta virtud ante los excesos en cualquier ámbito de la vida como puede ser las comidas o la bebida.

La Humildad: César M. Arconada

Saber que Arconada murió en Moscú en 1964 nos permite hacernos una idea de su trayectoria vital. Su cuento sobre la humildad (y la soberbia), tiene un carácter muy propio de la novela social. Nos presenta dos hermanos, hijos de un adinerado prócer bolsista, huérfanos de madre, que representan cada uno de ellos el orgullo y la humildad. Su tono moralista puede desagradar a los amantes de la Literatura pura, alejada de ideologías.  Pero su estilo me parece muy interesante. Me ha recordado en algo al Saramago de sus primeras novelas más reivindicativas.

La Castidad: Antonio Botín Polanco 

Fantástico relato de Botín Polanco. En una doble narración de los hechos, nos cuenta una historia en la que la castidad no es la mejor virtud del protagonista. Sin embargo, de repente vuelve a contarnos la misma historia siendo esta vez el protagonista un virtuoso de la castidad. Muy interesante, adelantándose, de alguna manera, a esos cuentos excelentes de Cortázar.

La Largueza: José Díaz Fernández

De Díaz Fernández ya conocía El blocao y La Venus mecánica. Este cuento, que ha rescatado una acepción especial de “largueza”, que equivale a generosidad, muestra una prosa muy seria y profesional. Se nota que Diaz Fernández es uno de los mejores prosistas del momento. También se nos presenta esa crítica social propia de él que además de tratar el problema de las desigualdades sociales, enfrenta también el problema de la mujer y su falta de libertad. Otilia es una joven que quiere renunciar a sus privilegios de clase. Nos dice el narrador: La recuerdo sin sombrero, con el abrigo desabrochado, deteniendo a los transeúntes para entregarles la hoja revolucionaria.  

La Paciencia: Antonio Espina

Antonio Espina es uno de los autores que tendrá una vida más atribulada. En este relato, con un marcado sabor místico y aire casi borgiano, o nietzscheano, da muestra de un buen saber hacer composicional.

La Caridad:  Ramón Gómez de la Serna

Puede que sea el que menos me ha gustado. Me ha dado la impresión de que Don Ramón escribe por compromiso. Y, ante todo, se nos muestra su opción como un alegato crítico sobre la caridad no como una virtud, sino como un “vicio”.

La Diligencia: Benjamín Jarnés   

Tampoco me ha gustado especialmente esta narración con la que Jarnés cierra el libro. Ciertamente juega de manera muy original con el significado de la palabra diligencia; en algún momento hace referencia al medio de transporte sustituido por autobuses, trenes o aeroplanos. Y esa sustitución sirve para mostrar que la antigua forma de viajar, más lenta, era más propicia a mostrarse diligente. El autobús, el tren, el aeroplano son símbolo de los nuevos tiempos, de la velocidad, del no parar, de la conducta negligente, descuidada. Como Jarnés casi siempre habla del amor o de las relaciones entre hombres y mujeres, al final casi nos parece un relato que encajaría mejor con la Castidad.   

 


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