L. Krasznahorkai: Melancolía de la resistencia
Cuando hace unos meses
otorgaron el Nobel a Krasznahorkai tuve el tonto
orgullo de contar a mis compañeros de trabajo que yo ya había leído un par de
sus novelas: Tango
satánico y Al
Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río. ¡El
tiempo pasa volando! La primera la leí en 2019 y la segunda en 2016. ¡Y qué dos
experiencias tan diferentes! Cómo llegué a Krasznahorkai ya solo Dios
lo sabe…
Estas Navidades pasadas, buscando algún
detalle para regalar, no me pude resistir y compré la que algunos dicen mejor
obra del nuevo Nobel de Literatura. Melancolía
de la resistencia me ha dejado, en bastantes ocasiones, sin habla. El
autor húngaro nos regala algunas páginas excelentes. Quien ya lo ha leído sabe
que no nos lo pone fácil al prescindir de los puntos y aparte. Aunque el libro
tiene tres partes, cada una de ellas consta de larguísimos párrafos; solo de
vez en cuando hay un punto y aparte. Krasznahorkai nos requiere
al cien por cien.
Pero no solo eso nos
dificulta la lectura.
Sus
personajes y los acontecimientos están envueltos en una atmósfera irreal y
misteriosa y, sin embargo, al mismo tiempo, absolutamente verosímil. Enseguida
creemos estar ante una narración alegórica. La señora Pflaum, la señora Eszter
y el señor Eszter, Valuska, el conductor del camión que
transporta la ballena del circo, el propietario del circo, el misterioso Príncipe… Todos van apareciendo y
desapareciendo, entrecruzándose, observando la vida desde miradas distintas y
separadas… Pero todos forman parte de un mismo espectáculo: el que nos ofrece Krasznahorkai.
En la memorable
descripción y simulación que Valuska
hace a altas horas de la noche, con los clientes medio borrachos de la taberna,
del sistema Sol-Tierra-Luna, hemos de
intuir la clave para entender toda la obra. Krasznahorkai,
como Valuska, nos quiere mostrar cómo
es el mundo en el que vivimos. Atemorizados por lo que nos pueda pasar, la
novedad —el progreso— no es más que el cadáver de una ballena muerta. Todos
queremos verla y, al mismo tiempo, acercarnos a ella supone el riesgo de quedar
atrapados por cantos de sirena que solo buscan nuestra perdición. Pero esa
música con la que intentan atraernos es, para algunos, motivo de baile:
virtuosos bailarines danzan, buscan y encuentran la forma de beneficiarse sin
importarles que algunos desaparezcan.



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