Guillermo Aguirre: Estival
Hace unos años solía llevar a mis hijos a
atletismo, al campo que hay en el viejo cauce del Turia. Mientras ellos
entrenaban, yo aprovechaba para correr. Sin embargo, de vez en cuando me
quedaba a verlos. A ellos y a los demás atletas. A veces me llamaba la atención
una joven que practicaba salto de altura. Yo solía estar bastante lejos de
donde ella entrenaba, pero aun así la observaba con atención.
No sé si alguna vez
han presenciado el entrenamiento de una saltadora de altura. Como saben, el
atleta se coloca a cierta distancia del listón, toma carrerilla, empieza con
pasos cortos que se convierten en grandes zancadas, hasta colocarse de espaldas
a la colchoneta. Entonces salta, vuela, y si todo sale bien, aterriza con una
sonrisa, mientras el listón permanece en su sitio. Pero en los entrenamientos,
muchas veces el salto no llega a producirse. El atleta mide los pasos, ensaya
los movimientos, se acerca al listón, estira el brazo, simula el gesto... luego
vuelve al punto de partida y lo intenta otra vez.
Creo que aquella
chica a veces me miraba. Me imagino que pensaba que aquel hombre que la
observaba con tanto detenimiento podría ser un ojeador. A partir de ahí, empecé
a imaginar historias que podría escribir. Todas partían de la misma escena,
pero en cada una yo era un personaje distinto: un padre que se entretiene
mientras sus hijos hacen una actividad extraescolar, un ojeador que descubre a
una gran promesa, un psicópata al acecho, un antiguo saltador frustrado que
observa con nostalgia...
Guillermo Aguirre
ha apostado en su nueva novela por un estilo muy marcado. Cada capítulo
representa un verano en la vida de Jonás (quizás un guiño al personaje que aparece en Electrónica para Clara), narrado en un único párrafo por el
propio protagonista, desde un presente que actúa como punto de anclaje. Ese
presente está simbolizado literalmente por un tocón en el que el narrador se
sienta durante buena parte del libro, desde donde observa al Jonás del pasado,
verano tras verano, desde su primer verano de vida.
Asistimos a sus
primeros pasos, a sus primeras experiencias, aventuras y amores. Y, como en el
entrenamiento de una saltadora de altura, recorremos el mismo camino más de una
vez, presenciando distintas versiones de los hechos. Normalmente dos: una
corresponde al relato oficial, y la otra, quizá más incómoda pero también más
auténtica, a la verdad desnuda.
Este procedimiento
se repite hasta que el narrador alcanza su presente. A partir de ahí, se abren
varios caminos posibles que Jonás podría recorrer. Todos tienen en común el
nacimiento de un hijo y las consecuencias vitales que ello implica. También la
enfermedad, y esas ideas que nos asaltan cuando nos anuncian que estamos
enfermos...
En cuanto a la
forma, esta novela es distinta a las cuatro anteriores de Aguirre. Es cierto
que ya en Un tal cangrejo propuso una
estructura muy marcada y original, pero esta vez el reto para el lector es
mayor.
En cuanto al
contenido, la vida de Jonás transcurre a lo largo de los últimos cincuenta
años, aproximadamente. De ese modo, la novela funciona también como repaso de
acontecimientos que yo mismo he vivido: referencias musicales, pero también
hechos sociales y políticos que han marcado la vida de los españoles. En los
capítulos finales, como un viaje hacia el futuro, se plantean posibles
acontecimientos que, me atrevería a decir, deseamos que se hagan realidad.
Desde el principio
recorre la novela una reflexión constante sobre lo que significa vivir. Hay un
sutil barniz existencialista en el que muchos lectores podemos vernos
reflejados. Nos muestra cómo ciertos ideales o metas ilusionantes nos animan a
empezar a caminar por esa senda de sentido único que recorremos a velocidad
constante. Y cómo, a veces, no conseguimos alcanzarlos. Pero si no renunciamos
a ellos, al mantenerlos vivos, conservamos nuestro rumbo. De lo contrario, nos
transformamos en algo distinto... aunque quizá en eso consiste, al final, ser
lo que somos.



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