M. Proust. El mundo de Guermantes
III
Dejamos Combray y Balbec y nos vamos
a París. París, comparado con estos lugares tan emblemáticos y literarios parece poca cosa, por lo menos ante los
ojos de Françoise, la sirvienta, que se lamenta de abandonar Combray pensando
incluso que ya no volverá a aquel lugar nunca más.
Pero el narrador sigue mirando
todo con esos ojos de asombro que crean esa atmósfera tan especial de La busca; y descubre un nuevo mundo que
presentarnos: El mundo de Guermantes.
Era —aquel Guermantes— como el marco de una novela, un paisaje
imaginario que me costaba representar y tanto más deseaba descubrir, enclavado
en medio de tierras y caminos reales que de repente se impregnarían de
particularidades heráldicas, a dos leguas de una estación; (…)
En este tomo el humor está
presente desde el principio hasta el final. Un fino sarcasmo contra el mundo de
Guermantes, especialmente cruento cuando muere la abuela del narrador y al
final, cuando Swann anuncia que está gravemente enfermo.
El personaje que sirve de enlace
entre ese mundo y el narrador es su joven amigo militar Robert de Saint-Loup, a
quien conoció en Balbec, sobrino del barón de Charlus y de los duques de
Guermantes. Con diferentes estratagemas el narrador se introduce entre la
aristocracia a pesar de que sus intentos de aparecer un ser agradable no tienen
demasiado éxito.
Contemplaba yo aquella apoteosis momentánea con una turbación que
combinaba la paz con el sentimiento de no ser conocido de los inmortales; la
duquesa sí que me había visto una vez, junto con su marido, pero no debía
—seguro— recordarlo y yo no sentía que estuviera —por el lugar que ocupaba en
el palco— mirando las madréporas anónimas y colectivas del público en el patio
de butacas, pues notaba, por fortuna, mi persona disuelta entre ellas, cuando
—en el momento en que, en virtud de las leyes de la refracción, fue a
representarse seguramente en la impasible corriente de los dos ojos azules la
forma confusa del protozoario desprovisto de existencia individual que era yo—
vi que una claridad los iluminaba: la duquesa, convertida de diosa en mujer y
mil veces más hermosa —me pareció— de repente, alzó hacia mí la mano enguantada
de blanco que tenía apoyada en el borde del palco, la agitó en señal de amistad
y mis miradas se sintieron cruzadas por la incandescencia involuntaria y los
fuegos de los ojos de la princesa, quien los había hecho entrar, sin que lo
supieran, en conflagración con sólo moverlos para intentar ver a quién acababa
de saludar su prima, y ésta, que me había reconocido, hizo llover sobre mí el
resplandeciente chaparrón de su sonrisa.
Empiezan a entrelazarse
diferentes personajes. Su amigo Robert es amante de una prostituta que conoció
el narrador, los duques mantienen relaciones sociales con los señores de Swann, el narrador descubre
que la enemistad entre sus padres y su tío está relacionada posiblemente con el
hecho de que la mujer de Swann, antes de serlo, estuvo liada con su tío; es
decir, sigue la compleja trama, aunque ahora es más presente, como dije antes, el
humor. La unidad de toda la obra es incuestionable al tiempo que se sigue
hablando y reflexionando de todo un poco. En la primera parte de este libro se
trata de manera especial el caso Dreyfus.
A mí, que entre todo el panorama
social de la época, también mencione a Poincaré me parece entrañable:
El gran matemático Poincaré, quien no está seguro de que las
matemáticas sean rigurosamente exactas.
Leer esta obra significa superar
la dura prueba que supone adaptarse al estilo de Proust. Pero una vez superado es un
placer que aquellos que no son adeptos a la lectura se pierden: literatura en estado puro.
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